¡Ahí está Reidel! ¡Vive Reidel ahí!

7 Dic

panteonPrometo escribir de pelota hoy también. Sólo que la lluvia aquí en la ciudad de Holguín tiene en espera el tercer y ultimo juego entre holguineros y guantanameros en la 54 Serie Nacional, cotejo que favorece 2-0 a los locales, que si el tiempo lo permite tratarán de pasar la escoba para escalar en la clasificación.

Debemos esperar, pero mientras, y con el permiso de los amantes de béisbol, me tomo la licencia para abordar un tópico que no me permitiría por nada pasar por alto, porque lo siento como deber y como muestra de respeto.

No me extenderé. Serán solo unas líneas con más carga de profundo sentir que de datos y análisis, que en ocasiones solo sirven para mostrarnos fríamente un suceso, y hay sucesos que tan solo necesitan recordarlos como lo vivimos para que hagan brotar como flores las fibras del respeto y sensibilidad.

Hoy es 7 de diciembre, aniversario 118 de la caída en combate de Antonio Maceo y su ayudante el capitán Panchito Gómez Toro, el hijo del Generalísimo Máximo Gómez; el hijo valiente que no abandonó a su jefe y compañero de armas mortalmente herido y prefirió morir junto a él antes que dejarlo solo. Panchito, quien sabiamente aprendió de su padre que el merito no se hereda.

Hoy también se cumple el aniversario 25 de la Operación Tributo, como homenaje de recordación eterna a aquellos caídos en cumplimiento de misiones internacionalistas y por la defensa de la patria.

Decía que el día está nublado y lluvioso. Parece que el domingo llora sin consuelo por sus hijos que ya no están; por eso no es casual que dos sucesos de tal trascendencia confluyan en la historia.

Muchos jóvenes, casi niños, partieron a otras tierras en cumplimiento del deber. Otros no tan niños pero en plena juventud, también lo hicieron. No todos regresaron, porque no se puede pelar por una causa si en ello no nos va la vida.

Tengo vivencias, como muchos, pues en África perdí a un amigo. Él era mayor que yo, pero en ocasiones se sentaba en el portal de mi casa y nos poníamos a conversar, y a veces mis abuelos se unían a la plática.

El último recuerdo que guardo de Reidel, así se llamaba, fue una cacería en una zona aledaña a donde vivíamos. No se me olvidará nunca. Trepó a una mata de Aguacate y bajó de un nido dos pichones de paloma Aliblanca y me dijo en tono jocoso:”ciego”-yo usaba espejuelos-hazle una jaula y aliméntalos bien”.

Después no lo vi más, y cuando pregunté extrañado, me dijeron está en Angola con las tropas cubanas.

Un día, que no recuerdo con exactitud, llegué de la escuela y escuché gritos y llantos detrás, en el patio aledaño a mi casa, donde él vivía junto a su madre, abuelos y hermanos. Corrí a ver, más por curiosidad de adolescente que otra cosa, y por la cerca advertí a su madre abatida y consumida por el dolor, ahogada en lágrimas desconsoladamente: ese día supe que mi amigo había caído en combate y ya no volvería a verle. Lo supe, mas no lo comprendí.

De Reidel, que son muchos a lo largo y ancho de toda Cuba, solo quedan sus restos y una valla metálica con su rostro y nombre que identifica el CDR, Comité de Defensa de la Revolución, donde ahora vive su madre, casi a la entrada de Sagua de Tánamo.

¡Ahí esta Reidel! ¡Vive Reidel ahí! Solo en el recuerdo de aquellos que un día le conocimos.

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